Amulet, de Romola Garai.

3/5

El cine de terror está en sus más plenas facultades cuando parte a raíz de un conflicto humano.

A los buenos títulos de género que por el coronavirus han quedado sentenciados al Video on Demand como Relic, The Lodge y próximamente Possessor, a ellas se suma el rescatable debut como directora de la actriz Romola Garai, Amulet, un filme que si bien se puede llegar a sentir formulario en ejecución es un bienvenido esfuerzo considerando las contadas entregas que mixturan religión con horror, en este caso acompañado de una pequeña pizca de cine de venganza con subtexto feminista.

Tomaz (Alec Secarenau, Tierra de Dios, 2017) es un veterano de guerra que ha quedado en calidad de refugiado en Londres. Sin lugar dónde recalar, es aconsejado por una monja, la Hermana Claire (Imelda Staunton), de asentarse en la maltrecha casa de Madga (Carla Juri), una mujer que ha dedicado su vida adulta a cuidar de su madre, quien yace paralizada en una habitación del último piso. Mediante Tomaz experimenta pesadillas de sus días como soldado, su intranquilidad crece respecto a la verdadera condición de la madre de Madga, a quien se acerca de una forma que no anticipaba.

A nivel de atmósfera, Garai nos pone en la corrompida psiquis de Tomaz como un soldado que muy seguramente sufre de síndrome de estrés post-traumático, pero no por las razones que uno sospecharía. A la atrocidad que cometió se une el recuerdo de un amuleto (al que hace referencia el título de la película) que encontró enterrado en un bosque.

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Más que para sentar un contexto, Garai, en la que por la superficie podría erróneamente pasar una película de posesiones y demás, teje un discurso anti-guerra que apunta sus miras sobre el atropello al que se ven expuestas las mujeres fuera del campo de batalla como daño colateral.

Si bien la primera mitad del relato se centra en las secuelas psicológicas que atormentan la existencia de Tomaz mientras se reajusta a su nueva vida, Amulet toma fuerza a partir de su llegada a la residencia de Madga. Aunque en ese tramo la película se torna predecible moviéndose por las vías más transitadas del género, puntualmente al inclinarse sobre el body horror y a uno que otro efecto sonoroel sólido trabajo de Juri, quien ya brilló con luz propia en Wetlands y por unas cuantas escenas en Blade Runner 2049, es lo que mantiene en pie la tensión respecto a su relación con lo que sea que oculta en la habitación de arriba.

Ya de cara el final, el giro de tuerca que Garai planta en el último acto no hace otra cosa sino acentuar el carácter feminista de la historia al ir por el ojo por ojo (no diré más) a manera de una visceral pesadilla surrealista.

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