Godzilla vs. Kong, de Adam Wingard.

2/5

“No vine por los personajes de carne y hueso” se ha vuelto un conformismo que nunca alcanzará para justificar el mal guionismo al que nos Warner Bros. nos ha tenido sometidos con su “MonsterVerse”, y la nueva entrega del mismo no es ninguna excepción.

Godzilla vs. Kong es una película descerebrada que cumple con lo que promete de entrada: un apabullante enfrentamiento entre las dos colosales criaturas que a lo mucho han tenido lanzamientos en solitario decentes. Pero si algo aprendimos de Guillermo del Toro con Titanes del Pacífico es que el espectáculo, por más grandilocuente que sea, no debería llegar a costa de los personajes que en teoría deberían apoyar el relato.

Cinco años después de que Godzilla venciera Ghidorah encontramos a Kong cautivo en un domo, creado por Monarch, que simula ser la Isla Calavera. Frustrado por estar fuera de su hábitat, Kong crea un lazo con Jia (Kaylee Hottle), la hija adoptiva muda de Ilene Andrews (Rebecca Hall), una de las antropólogas de la organización que, junto a Nathan Lind (Aleksandar Skarsgård), un geólogo, pretende ser llevada al hollow earth, un espacio habitado por titanes. En tanto los caminos de Kong y Godzilla se cruzan dejando destrucción por doquier, el malvado Walter Simmons (Demian Bichir), presidente de Apex Cybernetics, y su ambiciosa hija, Maia (Eiza Gonzáles), trabajan en un prototipo de Mecha-Godzilla con la esperanza de resolver la crisis de titanes que atraviesa el planeta.

No me sorprendería si lo primero en lo que se pensó (asumiendo que alguien haya quemado una neurona durante el proceso de escritura) durante la etapa de producción de la película fue en las escenas de pelea entre Kong y Godzilla, porque la historia que está alrededor del enfrentamiento, a momentos bastante ridículo, es tan superflua que resulta como una completa pérdida de tiempo, lo cual dice mucho de algo que no llega ni a las dos horas.

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Si no vemos a Kong y Godzilla sembrar caos de una forma u otra, estamos atorados con personajes arrojando información sumamente obvia. Los diálogos de Eric Pearson (Thor: Ragnarok) y Max Borenstein (Godzilla) están tan mal escritos que llevan la exposición al lenguaje de señas en su intención de darle a Kong más “profundidad” por mantener un vínculo con una niña muda.

De todo el reparto, la peor es Rebecca Hall con sus exageradas expresiones que seguramente serán compiladas en un futuro Honest Trailer de la película. A ella le sigue el Nathan Lind de Skarsgård, el personaje más plano de todos pese a tener un considerable bagaje emocional por la pérdida de su hermano años antes.

Y como no podría ser de otra forma, el Walter Simmons de Bichir repite las mismas motivaciones ridículas, solo que aun más caricaturescas, que vimos en El rey de los monstruos con el personaje de Vera Farmiga.

La presencia de Millie Bobby Brown se entiende que es como para mantener cierta continuidad en relación a los eventos de la anterior entrega, pero resulta ser completamente innecesaria al ser encomendada con la carga del relieve cómico junto a Julian Dennison (Deadpool 2).

En el apartado visual, salvo una escena que resalta por las luces de neón de Hong Kong, la película se queda muy corta en comparación a El rey de los monstruos, la cual, en medio de toda su cacofonía, rescató ciertos planos bien compuestos, especialmente en los que se apreciaban la inmensidad de Ghidorah.

Adam Wingard ha recorrido un largo camino desde sus inicios en el mumblecore, pero si Godzilla vs. Kong es un indicio de su futuro como director, pues se puede dar por devorada otra voz del cine independiente por las fauces de la maquinaria hollywoodense.

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