Críticas

Crítica: La chica en la telaraña – El lado que no queríamos conocer de Lisbeth Salander

3.5/5

En 2009, el director danés Niels Arden Oplev adaptó al cine el best-seller del difunto autor sueco Stieg Larsson, La chica del dragón tatuado, primera entrega de la trilogía Millenium también conocida como Los hombres que no amaban a las mujeres. El hallazgo más importante de aquella película fue el descubrimiento de Naomi Rapace como Lisbeth Salander, una hacker antisocial que mantiene una relación con Mikael Blomkvist, un periodista investigativo que escribe para la revista Millenium.

Dos años después, David Fincher se encargaría de dirigir una nueva adaptación de la novela de Larsson a cambio de resultados aun más notables y de una nueva revelación en Rooney Mara como la segunda encarnación fílmica de Salander. Con los planes para una continuación descartados, Sony Pictures, dueña de los derechos de las novelas, contrató al uruguayo Fede Álvarez (No respires, 2016) para que tome las riendas de una nueva transposición de la saga no inspirada en una novela de Larson. Así nace La chica en la telaraña, una película que desvirtúa por completo a un personaje tan complejo mostrándonos su faceta más humana.

En Estocolmo, Suecia, Lisbeth Salander (Claire Foy) es contradata por Frans Balder (Stephen Merchant), un programador, para que robe ‘Firewall’, un programa capaz de acceder a todos los códigos nucleares del mundo que él desarrolló para la Agencia de Seguridad Nacional. Cuando el programa es robado por un sindicato conocido como ‘Las arañas’, Lisbeth recurre a Blomkvist (Sverrir Gudnansson) para que le dé información sobre los mercenarios que operan bajo las ordenes de su distanciada hermana, Camila Salander (Sylvia Hoeks).

La única escena de la película en la que el personaje interpretado por Foy está en sintonía con lo que vimos en la trilogía sueca y la adaptación de Fincher es la segunda, cuando Lisbeth, con un antifaz pintado, sorprende a un adinerado abusador de mujeres en pleno acto. Con la fuerza que el movimiento feminista ha adoptado, la llegada de La chica en la telaraña parece apropiada pues, en teoría, Lisbeth es todo lo que el colectivo esperaría de una mujer. Sin embargo, pasada la bien lograda introducción del personaje, descubrimos que esta Lisbeth no es como las anteriores, sino más bien una mujer que depende por completo de los hombres que la rodean.

El inconveniente que tenemos con el personaje no yace en Foy (estrella de The Crown a quien también vimos este año en First Man – El primer hombre en la luna), ya que ella hace un trabajo bastante sólido humanizando al personaje, lo cual a fin de cuentas termina siendo la principal falencia de la adaptación. Si el trabajo de Rapace y Mara fue tan bueno era porque debajo de ese aspecto tan hostil que mantendría a cualquiera al margen, había un pequeño rasgo de humanidad, y eso bastaba. Esta nueva Lisbeth puede lucir como las otras, pero el guión la reduce a una mera justiciera cuyo oscuro pasado no intriga en lo absoluto.

Además de cómo está trabajado el personaje, lo cual de por sí es problemático, La chica en la telaraña tiene más de esa vertiginosidad tan propia de las películas de Jason Bourne que la frialdad y desolación del universo de persecuciones y traiciones que Larson había concebido en sus novelas.

Se aprecia el hecho que no volvamos a ver el origen de la relación entre Lisbeth y Blomkvist (la película de Fincher es casi un remake cuadro por cuadro de la primera adaptación de la novela), la cual, dicho sea de paso, se siente poco desarrollada aquí, pero La chica en la telaraña fracasa en capturar la frívola esencia de su material de origen y la ambigüedad de su personaje central.