Críticas

Crítica: Midsommar – Tormento a la luz del día

3.5/5

En apenas dos películas, Ari Aster ha demostrado su capacidad retratando con realismo y crudeza el dolor y la angustia en su estado más puro como consecuencia de la pérdida. Así, el director de El legado del diablo estrena este año Midsommar, un film que si bien no se ve estrictamente sujeto a los parámetros que rigen al género – de esto hablaré más adelante -, supone la consolidación de un realizador con pleno dominio de su puesta en escena.

Desde los primeros trabajos que dirigió – notables cortometrajes como su controversial tesis, The Strange Thing About the Johnsons, y la silente inspirada en las películas de Pixar, Munchausen -, Aster ha explorado las mecánicas de hogares resquebrajados en torno a la relación entre padres e hijos, y aunque el conflicto principal de Midsommar no hace alusión directa a lo paternal (de cierta forma funciona como el detonante de la trama), es una película que, un poco a lo Perdida (David Fincher, 2014), te puede hacer cuestionar quién es esa otra persona con la que compartes la cama. Y no hay un pensamiento más aterrador que ese.

Dani (Florence Pugh, Luchando con mi familia), es una estudiante universitaria que vive con el temor de ahuyentar a su novio, Christian (Jack Reynor), por abombarlo constantemente con sus problemas familiares. Sin embargo, su pesadilla se vuelve realidad cuando su hermana que padece de un trastorno de bipolaridad, Terri, se suicida y envenena a sus padres con monóxido de carbono. Devastada por su soledad, Christian, casi que por compromiso, invita a Dani para que lo acompañe en un viaje con sus amigos a Suecia para una celebración ancestral que ocurre cada noventa años. Inadvertidamente para todos, las festividades resultan más macabras de lo que parecen.

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Analizando desde la superficie, uno podría argumentar que Midsommar funge como dos películas en una. La primera, tanto en tono, fondo y forma, se encuentra muy ligada a El legado del diablo. La angustia está siempre presente como una nube negra, la paleta de colores es fría y los desgarradores llantos de Dani se escuchan tan llenos de dolor (así como los de Toni Collette) que son casi insoportables.

El catártico viaje a Suecia nos introduce a esa otra película que hay en Midsommar. La atmósfera se desprende de la tragedia y como en cualquier otro film donde hay un culto de por medio, la sensación de que algo se está cociendo por debajo es palpable e incómoda.

Desde The Strange Thing About The Johnsons (aquí está el enlace por si quieren ver el corto), Aster ha demostrado tener buen ojo para el detalle, y Midsommar no es la excepción. El vestuario, los decorados y la iconografía son de una factura notable, pero lo que más sorprendente es cómo se dota de vida a un culto con costumbres que, salvo una que otra, rayan en lo enfermizo.

Aunque el cine de Aster está muy por encima de aquellas películas efectistas y previsibles que plagan al género, el libreto sigue un patrón muy digno de todo slasher adolescente, lo cual es el punto más bajo del film.

Midsommar no es una película de terror a secas, pero es admirable que Aster haya logrado una atmósfera tan pesada y malévola a plena luz del día.

El trabajo de Pugh como una mujer agobiante por su dependencia emocional es fenomenal, y Reynor no se queda atrás como un estudiante de antropología condenado en una relación en la que no quiere estar.

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Lo que Midsommar carece en sustos lo compensa como una de las películas de culto más  retorcidas y emocionalmente asfixiantes que se han visto.