Crítica: ¿No es romántico?

2.5/5

Construir una sátira al rededor de las convenciones narrativas de algún género en particular se ha vuelto, por más contradictorio que suene, un género en sí. Es en esa clase de disyuntiva en la que habita la comedia romántica de Todd Strauss-Schulson (La última chica, 2015), ¿No es romántico?  

Distribuida por Netflix, la película elabora una crítica dirigida a los clichés de las comedias románticas y el rol de las mujeres en ellas. Y no es que los cuestionamientos de ¿No es romántico? estén fuera de lugar, porque sí, las comedias manufacturadas por esa maquinaria llamada Hollywood nos venden una versión edulcorada de la realidad con finales felices y besos bajo la lluvia. Pero el hecho que esta rom-com, como muchas de las que critica, acabe con un número musical – y entre otras cosas – le resta cualquier tipo de credibilidad al discurso que teje durante casi noventa minutos.

Natalie (Rebel Wilson en su primer rol protagónico) es una arquitecta que creció escuchando de boca de su madre (Jennifer Saunders) que, contrario a lo que se ve en comedias románticas como Mujer bonita (Gary Marshall, 1990), los finales felices no existen para mujeres que no lucen como Julia Roberts. 25 años después, Natalie trabaja para una firma de arquitectos en Nueva York con su mejor amigo, Josh (Adam Devine), y su asistente, Whitney (Betty Gilpin). Un día después del trabajo, Natalie queda inconsciente después de golpear su cabeza cuando intentan asaltarla en el metro. Al despertar, descubre que su vida se ha transformado en una comedia romántica para menores.

“Es como si le hubieran puesto un filtro de belleza a Nueva York”, exclama Natalie al percatarse que, en efecto, su vida es como una de esas comedias que creció odiando. De cara al final el guión se queda corto, pero dos de los mejores atributos de ¿No es romántico? son la foto de Simon Duggan y el diseño de producción de Sharon Seymour, pues ambos apartados logran marcar un buen contraste entre la sucia y grisácea Nueva York que vemos al comienzo y la colorida ciudad en la que puede haber un flashmob en cualquier momento. Y lo hay.

Strauss-Schulson no es ajeno a esto de ridiculizar clichés ya que lo hizo con un poco más de auspicio en Las chicas finales, una película que incluso en el año en que se estrenó dio la impresión que hacer burla de un cliché no era tan original como parece. Sin embargo, lo que el director se propone en ¿No es romántico? resulta bastante cínico al tratarse de otra comedia que si bien parece consciente respecto a los lugares comunes del género, no tiene problemas visitándolos.

En fin, por la boca muere el pez, y así es como se pueden resumir las pretensiones de ¿No es romántico?

Y si tienen la rara impresión que ya vieron la película es porque lo hicieron, sólo que hace quince años bajo otro nombre: Si tuviera 30 (Gary Winnick, 2004).