Críticas

Crítica: Obsesión – ¿Qué es esto que acabamos de ver?

1.5/5

Obsesión, el nuevo thriller del escritor de Promesas del este (Steven Cronenbergh, 2007) y director de Locke (aquél film en el que Tom Hardy está a bordo de un BMW durante toda su duración), Steven Knight, pasó sin pena ni gloria por las salas de cine de Estados Unidos a pesar de tener a Matthew McConaughey y Anne Hathaway en los protagónicos.

El fracaso comercial – y crítico – de Obsesión ha sido atribuido a que su distribuidora, Aviron Pictures, escatimó a la hora de promocionar la película ya que tras una serie de proyecciones de prueba determinaron que serían incapaces de encontrar una forma adecuada de publicitarla. Y es que después de ver la película la postura de Aviron es entendible, ya que Obsesión resulta uno de los thrillers más ridículos y pobremente escritos que se han visto en mucho tiempo.

En un pequeño pueblo costero llamado Plymouth conocemos a Baker Dill (McConaughey), un pescador endeudado cuya repetitiva vida se ve interrumpida por la llegada de su ex-esposa, Karen (Hathaway), quien arriba a la isla con una propuesta indecorosa: que lleve a su abusivo esposo (interpretado por una acertado Jason Clarke) de pesca en su bote y que lo asesine alimentándolo a los tiburones que merodean por el lugar a cambio de $10 millones de dólares. Indiferente al abuso que sufre quien alguna vez fuera su mujer, Bill acepta la propuesta cuando descubre que el hijo que comparte con Karen, Patrick (Rafael Sayegh), también las ve negras.

Superficialmente, Obsesión no es más que un inofensivo thriller sobre un asesinato premeditado en alta mar. El concepto, sobre papel, es levemente interesante. Hathaway y McConaughey, además de no compartir ni un gramo de química, completamente deslucidos. Hasta ahí nada particularmente alarmante. ¿Decepcionante? Sí, sobre todo porque son sendos actores, pero nada nos hubiese preparado para lo que estábamos a punto de ver.

Como si se tratara de un guión de la autoría de M. Night Shyalaman, Knight nos hace testigos de uno de los peores y más anticlimáticos giros que se han visto. La isla de Plymouth no existe. Nunca lo hizo. Es una simulación de vídeo creada por Patrick, quien resulta ser una especie de genio programador a sus diez años, para pasar tiempo virtual con Baker, cuyo nombre real es John Mason, un veterano de guerra que murió en el 2006.

Si lo sienten como un balde de agua fría, imaginen verlo en una sala de cine.

Antes de la gran revelación, el guión de Knight arroja guiños sobre el hecho que Plymouth es un lugar diferente. Pero nunca éstos sugieren que se trata de algo tan radical. Que sea una suerte de juego de vídeo y que todos sus habitantes sean simulaciones virtuales.

Piensen en El show de Truman (Peter Wier, 1998), pero mal actuada, mal escrita e inverosímil. Eso es Obsesión.

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