Possessor, de Brandon Cronenberg.

4/5

Después de todo, la manzana no cayó muy lejos del árbol en la familia Cronenberg. Tras un debut – Antiviral – en el que ya se vislumbraba una fascinación hacia el cuerpo, en su segundo largometraje como director, Brandon Cronenberg se apropia del característico body horror de su padre para llevarlo hacia niveles más trascendentales implementando la mente como valor agregado. 

Estrenada en la presente edición de Sundance, Possessor consolida a Cronenberg – hijo – como un cineasta visionario con apetito hacia la violencia capaz de hacer cine de género con sustancia y sesos.

Taysa Voss (Andrea Riseborough) es una asesina a sueldo que trabaja para una corporación que, por medio de tecnología de implantes cerebrales, controlan personas para llevar a cabo asesinatos de alto perfil. Voss es prolífica en su labor de sicaria, pero los recuerdos de las personas que posee – y la crudeza de los asesinatos – atrapados en su subconsciente complican su vida personal con su esposo, del cual se ha distanciado, y su hijo. Sin ninguna intención de alejarse de su profesión a pesar de los efectos secundarios, Voss acepta una nueva misión de su superior, Girder (Jennifer Jason Leigh): implantar su subconsciente en el cuerpo de Colin Tate (Christopher Abbott), prometido de Ava Parse (Tuppence middleton), hija de un importante magnate (Sean Bean) del data mining.

Si bien Antiviral ya nos había sugerido los caminos por los que Cronenberg podría transitar, Possessor, levemente inspirada en un cortometraje suyo estrenado en el 2019, Please Speak Continuously and Describe Your Experiences as They Come to You, confirma que el director está más que decidido en caminar sobre los pasos de su padre. Sin embargo, así como en su primera película Cronenberg tejió un discurso sobre la condición humana y la obsesión hacia las celebridades – con la degradación del cuerpo en medio de todo el meollo -, en Possessor elabora uno aun más ambicioso sobre la identidad de género.

Relacionado:  Crítica: La monja

Si habría de describirse a Possessor en un logline sería así: una versión de Scanners (dirigida por su padre en 1981) sujeta – y fundamentada – a la realidad bajo las luces fluorescentes de neón y la hiperviolencia del cine de Nicolas Winding Refn.

Riseborough brilla poniéndose bajo la piel de Voss, una fría asesina corporativa atrapada (como si se tratase de alguno de los cuerpos que se ve obligada a controlar) entre dos polos opuestos: el de sicaria y el de madre atenta. Esta noción de identidad es algo que define la vida íntima del personaje, pues ¿quién es Voss? ¿Una asesina suplantando a una madre o una madre que suplanta a una asesina? La identidad de Voss se ha visto tan vulnerada que después de cada trabajo debe pasar una prueba de reconocimiento (identificando objetos de su pasado) para asegurar que su salud mental esté en un buen lugar.

Al igual que Riseborough, Abbott se luce como el hombre (cuerpo, mejor dicho) en cuestión por el cual se libra una batalla subconsciente que da como resultado las escenas más alucinantes de la película. Abbott, quien viene del teatro, vende con mucha honestidad la idea de que un ser del género opuesto tiene control sobre su cuerpo. Claro que eso no hubiese sido posible de no haber estado compaginado con su contraparte en el protagónico.

Possessor es ciencia ficción en su mejor estado. Un concepto original que resulta plausible gracias a un buen guion que trasciende los aspectos más banales (como la violencia, que de gratuita no tiene nada aquí) para priorizar un discurso con múltiples capaz de complejidad.

Relacionado:  Crítica: Había una vez en Hollywood - Tarantino, al fin de cuentas

Categories: Críticas