Críticas

Crítica: Velvet Buzzsaw – Cuando el arte consume al consumidor

3.5/5

La noción que el arte pueda consumir, en el sentido literal de la palabra, a su creador, nunca había sido tan palpable como en la nueva película del director de Primicia Mortal y Roman J. Israel, Esq., Dan Gilroy.

Estrenada dentro del marco del Festival de Cine de Sundance y distribuida por Netflix, Velvet Buzzsaw es el resultado de un desaire pasado de Gilroy, quien durante dos años estuvo involucrado en el desarrollo de la cancelada Superman Lives. Si bien la inspiración del director nace a partir de a una frustración cinematográfica, Velvet Buzzsaw captura la corrompida esencia del negocio en el que se ha transformado el arte en cualquiera de sus formas.

En la ciudad de Los Ángeles conocemos a Morf Vandewalt (Jake Gyllenhaal), un perspicaz – y ambiguo – crítico de arte que sostiene una relación sexual con su agente y amiga, Josephine (Zawe Ashton). Frustrada con el rumbo que ha tomado su vida profesional, un día Josephine descubre en su edificio residencial el cadáver de un hombre mayor llamado Vetril Dease, quien antes de morir había pintado una serie de cuadros durante años sobre el abuso que sufrió en su infancia. Impresionada con el grado de emoción de las pinturas de Dease, Rhodora Haze (Rene Russo), dueña de una galería de arte, decide exhibirlas al mundo y comercializarlas, ignorando las fatídicas consecuencias de su decisión. 

Aunque Velvet Buzzsaw parte del arte plástico (pinturas al óleo e instalaciones), se entiende que el discurso de Gilroy, un cineasta, puede aplicarse a cualquier disciplina artística, y esa es la virtud más grande de la película. No hace mucho Darren Aronofsny elaboró con madre! un comentario parecido – pero más ambiguo – sobre la relación de un artista con su creación, pero al igual que el deslenguado crítico que Gyllenhaal da vida aquí, Velvet Buzzsaw resulta una película más incisiva prestada a una lectura única: la prostitución del arte y cómo éste, irónicamente, es desvalorizado desde el momento que es cotizado y subastado en una galería.

Que Velvet Buzzsaw se sitúe en una meca cultural como Los Ángeles sólo facilita que podamos levantar comparaciones con exponentes del cine negro con rasgos de horror psicológico como Mulholland Drive (David Lynch, 2001) y aquellas otras películas que vieron luz a comienzos de este milenio. Y es que Gilroy ya plasmó aquella suciedad de la vida nocturna de la ciudad en Primicia mortal.

Obedeciendo los patrones del género, el punto más bajo de Velvet Buzzsaw es cuando se convierte en una película de terror a secas. A partir de que las pinturas de Dease adquieren demanda, todos los personajes que tienen algún tipo de contacto con la obra del difunto perecen uno por uno. La idea que el arte tenga esta capacidad de cobrar vida y desquitarse contra quienes lo banalizan es original, pero es como si la película haya arrancado una página de otras franquicias del género como El aro y V/H/S.

La postura crítica de Gilroy es lo que hace que Velvet Buzzsaw tenga fondo y forma, pero son las actuaciones – menciones especiales para Gyllenhaal y una irreconocible Toni Collette – las que logran recrear la desagradable naturaleza capitalista del arte.