Review: Ant-Man and the Wasp – El MCU y su problema con las secuelas

Por Julio Fernando Navas

A lo largo de los diez años de existencia que lleva el Universo Cinematográfico de Marvel, si un problema ha sido tan recurrente como el de sus mediocres villanos ese ha sido el de sus secuelas. Y es que después de continuaciones que apenas lograron sobrevivir a la opinión crítica como Iron Man 2 (Jon Favreau, 2010), Thor: Un mundo oscuro (Kenneth Brannagh, 2013) y Avengers: Era de Ultrón (Josh Whedon, 2015) llega Ant-Man and the Wasp, una película que llega a sentirse hasta más intrascendente que la primera estrenada hace tres años de mano de Peyton Reed, quien vuelve a asumir el rol de director.

Parte del encanto de Ant-Man se debe a que después de abordar ciertos géneros como el thriller político y la ópera espacial, Marvel vio la oportunidad de experimentar con otro: el de las películas de atraco. Pues como ya no resulta novedoso ver a Scott Lang (Paul Rudd) planear un robo, Marvel creyó que la única forma de refrescar las cosas era ascendiendo de rango, por así decirlo, a la Hope Van Dyne de Evangeline Lilly, quien con traje y todo se nos es introducida como la Avispa a la cual el título de la cinta hace alusión. De alguna forma la introducción de una nueva heroína ayuda, pero Ant-Man and the Wasp debería ser la última aventura en solitario que veamos de Ant-Man, un personaje que a duras penas es capaz de sostener la que en teoría es su película.

Tras los eventos de Capitán América: Civil War (Hermanos Russo, 2016), Scott Lang (Rudd) permanece bajo arresto domiciliario. Mientras tanto, Hope (Lilly) y su padre Hank Pym (Michael Douglas) han estado trabajando en una forma de crear un túnel para así acceder al Reino Cuántico y traer a su madre, Janet (Michelle Pfeiffer), de vuelta. Como Scott mantiene un “lazo cuántico” con ella, Hope y Hank lo persuaden para que los ayude a conseguir las partes restantes y así poder construir el túnel, pero la aparición de Fantasma (Hannah John-Kamen), una mujer que es molecularmente inestable, y los intereses de Sonny Burch (Walton Goggins), un criminal que pretende robar la tecnología de Hank para venderla al mercado negro, complican los planes.

Narrativamente hablando, Ant-Man and the Wasp es tan enredada como los trabalenguas que cuenta Luis (Michael Peña). Además del reencuentro entre Hope y su madre, la película da espacio al arco de Ava, quien después de perder a sus padres en una explosión cuántica es adoptada por Bill Foster (Forest Whitaker), un antiguo colega de Hank con quien se había enemistado. Y por si todo eso no fuera suficiente tenemos al Sonny Burch de Goggins intentando hacerse del túnel cuántico para satisfacer sus propios intereses.

El único personaje que no tiene nada sustancial que hacer es el propio Scott Lang, el supuesto protagonista de esta película. A diferencia de la primera entrega en la cual Lang tenía que llevar a cabo un atraco – robarle el traje al sublevado Yellowjacket – y probarle a su ex-mujer (y a su esposo) que podía ser un buen padre para su hija, aquí Lang no pasa de ser un personaje secundario que únicamente está al servicio del excesivo humor de la película.

Ciertamente nadie esperaba en 2015 que Ant-Man sea el éxito medianamente taquillero que fue, pero si algo nos ha quedado claro con esta secuela es que no todos los héroes de Marvel son capaces de llevar el peso de una película, peor de una continuación que replica con menor eficacia lo que logró su antecesora.

Las secuencias de acción destilan el mismo ingenio que agradó de la primera película, pero si la única razón de la existencia de Ant-Man and the Wasp es para que Marvel pueda jactarse de tener a otra heroína en sus filas (y vaya que Evangeline Lilly es creíble), fácilmente esperábamos Capitana Marvel y así nos ahorrábamos dos de las horas más banales que el MCU nos ha ofrecido hasta ahora.

6/10

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