House of Cards

Nota: ésta review contiene spoilers.

La primera escena del episodio estreno del aclamado drama político de Netflix, House of Cards, estableció a Frank Underwood (Kevin Spacey) como un político despiadado e inescrupuloso dispuesto a hacer lo que sea — en este caso, estrangular a un perro para sacarlo de su miseria — para llegar a ponderarse de la Casa Blanca.

Con más de un cadáver en su armario, para la tercera temporada encontramos a Underwood finalmente en la presidencia. Pero no es el mandatario que imaginábamos llegaría a ser. La segunda temporada culmina con Frank tocando madera, literalmente, y para ser alguien consciente de lo que se avecina, este Frank, timorato y vulnerable, no es el hombre que la Casa Blanca necesita. Y peor aun, el hombre por el que habíamos puesto nuestra moral a un lado con tal de verlo convertirse en Presidente.

Con la conclusión de la segunda temporada, Frank empezó a trabajar casi de manera inmediata. Cuando comienza la tercera, ya han pasado seis meses desde que se posesionó en la Casa Blanca. Frank ya tiene oposición, y sumado al rechazo de entidades importantes gubernamentales para una futura reelección, la opinión publica lo da como un líder incompetente, y eso no es todo. Frank es acusado de nepotismo por fijar a su esposa y Primera Drama, Claire (Robin Wright), a un cargo de la ONU para resolver un conflicto en Franja de Gaza. Para recomponer su apaleada imagen y tener una oportunidad en las urnas, Frank lanza ¨America Works¨, un programa con el cual pretende reducir al máximo el nivel de desempleo en el país. Si tan sólo fuera tan fácil como parece.

House of Cards

Las expectativas para esta temporada eran altas porque veríamos al personaje de Frank Underwood en el pináculo de su carrera política. Un hombre que, desde el fondo, se abrió camino manipulando, mintiendo, y asesinando (siento que lo estoy pintando como un asesino en serie, pero sí, ha matado a los que se han cruzado en su camino) con tal de llegar a ser Presidente.

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Ya en la cima sólo había cabida para el descenso, pero donde esta temporada se equivoca es en denigrar a Underwood en el proceso. Todo lo que se había hecho por el personaje es arrojado a la basura. Aquí es casi irreconocible. La sombra de un político dispuesto a todo. Un hombre taimado a quien es fácil pasarle por encima. Su imagen cae aun más cuando en el episodio 29 se introduce al Presidente ruso, Viktor Petrov (Lars Mikkelsen; el equivalente de Vladimir Putin), quien al ser invitado a la Casa Blanca en un intento de Frank por mejorar las relaciones diplomáticas entre ambas naciones, apaga un cigarro en una pared y besa a Claire en lo que es el más grande acto de rebeldía política que se ha visto en la serie. Uno pensaría que algo así vendría de mano de Underwood, pero él es otra victima de su mediocre periodo presidencial.

House of Cards

La serie no quiere que olvidemos lo despiadado que Frank alguna vez fue, pero verlo orinando sobre la tumba de su padre o escupiendo una imagen de Jesús no surge efecto cuando acostumbramos a verlo pisoteado por sus opositores. La relación de Frank y Claire no se rige por amor, sino por poder. Que Frank contrate a un escritor (Paul Sparks) para que le escriba una novela propagandista sobre America Works es astuto, pues así podemos conocer más del pasado de su relación con su esposa, pero para esta temporada ahondar en el matrimonio presidencial no estaba en los planes de nadie.

Esta temporada tuvo que haber sido dedicada exclusivamente a la presidencia de Frank, pero además de tratar con sus problemas maritales, encrucijadas políticas, campañas de reelección, y confrontaciones con Petrov, resulta que Doug (Michael Kelly), a quien dimos por muerto al final de la segunda temporada, sigue con vida, y quiere cobrar venganza sobre Rachel (Rachel Brosnah), quien ha adoptado un estilo de vida nómada para no ser encontrada por el alguna vez jefe de gabinete de Underwood.

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House of Cards

La oposición liderada por las candidatas presidenciales, Heather Dumbar (Elizabeth Marvel) y Jackie Sharp (Molly Parker) no es la única que pone los trapos de Frank al sol (es acusado de nepotismo por fijar a Claire como Embajadora en la ONU); la feroz periodista del Wallstreet Telegraph, Kate Baldwin (Kim Dickens), comparte crédito revelando a Underwood como un mandatario frágil que no tiene ni la menor idea de cómo liderar una nación.

Entiendo que el nombre de la serie es una metáfora de la inestabilidad del mundo político — como una casa de cartas, puede colapsar en cualquier momento—, pero hay otras formas de hacer que nuestro protagonista las vea negras sin descuidar el trabajo que las pasadas dos temporadas habían hecho para desarrollarlo. Eso sí, a nivel técnico, House of Cards permanece siendo una de las mejores series de la televisión. Con Frank reelecto para un nuevo periodo en la Casa Blanca, habrá que ver si vuelve a ser el desalmado (y desgraciado) político que tanto nos agrada.

6/10

House of Cards - Póster

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