1917, de Sam Mendes.

3.5/5

Los horrores de la guerra siguen siendo los mismos. ¿Pero qué si son retratados de una forma diferente? Es en base a esa premisa (o pretexto; juzguen ustedes) llega la segunda incursión de Sam Mendes por el cine bélico, 1917

Inspirada en las memorias no publicadas de su abuelo, Alfred H. Mendes, 1917 cuenta la historia de dos jóvenes soldados británicos que, contra todo pronóstico, deben moverse en medio de las líneas enemigas para llevar un mensaje que podría salvar cientos de vidas.

Toda la novedad en torno a 1917 recae sobre la foto de Roger Deakins, quien, junto a Mendes, rodó la película de forma que parezca un gran plano secuencia, lo cual es tanto su punto más alto como bajo.

Nadie puede negar la complejidad en relación a la ambiciosa puesta en escena de 1917 si se toma en cuenta el minucioso detalle del diseño de producción, el trabajo con los cientos de extras en uniforme y la coreografía detrás de los movimientos de cámara, pero a fin de cuentas, más que estar al servicio de la narrativa, el falso plano secuencia es una distracción que a momentos desencaja.

En el montaje cinematográfico existe un principio que indica que en una película bien montada no se deberían sentir los cortes. Lo mismo podría aplicarse a la fotografía, porque en 1917 el trabajo de cámara se puede llegar a sentir tan calculado que puede llegar al punto de ser robótico. Todo con el propósito de poner los horrores de la guerra delante de nuestras caras. Como si ya no lo supiéramos.

Relacionado:  Review: Star Wars: The Force Awakens

Que quede claro que Deakins, una leyenda en vida, y Mendes, logran encuadres bellísimos, pero el problema es cuando hacen que la cámara fluya con el propósito de reforzar lo obvio y engrandecer hasta el más pequeño detalle.

De hecho, la cámara suele estar tan presente en el relato que es como un personaje más. Algo muy digno del found footage.

Si despojamos a 1917 del artilugio del plano secuencia quedan los restos de una película que realmente no tiene mucho qué decir. De hecho, el primer paso de Mendes por el género, Jarhead, habla sobre algo como el sinsentido de la guerra, y aunque en esa película no se expone la brutalidad de un conflicto militar como tal, el mensaje conjuga una reflexión que no se siente en 1917.

Para el crédito del plano secuencia, porque ya siento que le estoy tirando demasiado, que las acciones se den en tiempo real es algo que nutre a la construcción dramática cuando los problemas apremian para los soldados William Schofield (George MacKay) y Thomas Blake (Dean-Charles Chapman), quienes, en territorio enemigo y bajo una sobrecogedora minoría numérica, deben abrirse paso entre explosivos, cadáveres y trincheras para hacer llegar el mensaje al coronel que da vida Benedict Cumberbatch.

Si en algo acierta este nuevo paso de Mendes por el género es en ese desolador retrato de la guerra como un evento que deshumaniza tanto en lo físico como lo emocional. Pero desafortundamente se trata de una película que más que priorizar de lo que está hablando, lo hace sobre el cómo lo dice.

Relacionado:  Crítica: La mala noche - Desde Crónicas el cine ecuatoriano no había lucido tan prolijo

Categories: Críticas