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Crítica: Avengers: Endgame

4/5

Así como hace algunos años la levemente aceptada Avengers: Era de Ultrón (Joss Whedon, 2015) dedicó buena parte a fundar los cimientos del Universo Cinematográfico de Marvel para los años venideros, Avengers: Endgame, la película que por mucho anticipó ser el punto culminante para los personajes que conocimos hace casi una década, ofrece un satisfactorio cierre para algunos héroes sin descuidar sus planes a futuro.

Aunque uno podría argumentar que al igual que muchas otras películas que son parte de universos interconectados, Endgame busca establecer el futuro cinematográfico de las propiedades de Marvel Studios, la película lo hace de una forma tan natural que, a diferencia de otras donde se siente realmente forzado, aquí pasa casi desapercibido.

Han pasado tres semanas desde que el chasquido de Thanos (Josh Brolin) desintregó a la mitad del universo. Recluído en un planeta inhabitado, el titán es sorprendido por lo que quedó de Los Vengadores, quienes planean recuperar las Gemas del Infinito para revivir a los caídos. Cuando descubren que Thanos ha destruido las Gemas, Thor (Chris Hemsworth) procede a decapitarlo. Cinco años después, al ser liberado accidentalmente del Reino Cuántico, Scott Lang (Paul Rudd) le propone a Los Vengadores viajar al pasado sacando provecho de las propiedades cuánticas para recuperar las Gemas y así revivir a los que murieron a manos de Thanos.

Superficialmente, es probable que parezca que los libretistas de Endgame arrancaron una página de X-Men: Días del futuro pasado (Bryan Singer, 2014). Sin embargo, la diferencia es que en Endgame el uso de los viajes temporales, con todas las inconsistencias narrativas que estos puedan conllevar – eso sí, la liberación de Lang se siente como un verdadero deux ex-machina -, son empleados de forma ingeniosa para concluir arcos y hacer progresar la historia, no para hacer borrón y cuenta nueva.

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Puede que para algunos las tres horas de película sean exageradas, pero dado lo mucho que el guión abarca, la historia nunca se estanca a pesar de contener mucho diálogo durante los primeros sesenta minutos y el ritmo jamás se ve entorpecido ni cuando los personajes viajan al pasado para recuperar las Gemas.

En esencia, Endgame es en buena medida la culminación de la Primera Fase que concluyó con Los Vengadores (Joss Whedon, 2012), estrenada hace siete años, por lo que la decisión de hacer que la película gire en torno a los personajes que dieron partida a la agrupación es bienvenida, aun cuando lo que pasa de cara al final hace que la aparición de otros personajes se sienta como decorativo para la gran “batalla final”.

Emotiva cuando debe serlo, Endgame brinda continuidad al conflicto ideológico entre Tony Stark (Robert Downey Jr.) y Steve Rogers (Chris Evans), el cual ha sido uno de los pilares dramáticos del MCU desde la primera entrega.

Al igual que en Infinity War (Hermanos Russo, 2018) hay momentos cruciales en Endgame que pasan sin mucha pena ni gloria (como lo reducida que se sintió la muerte de Gamora), pero cuando los créditos ruedan nos quedamos con la satisfactoria sensación que el bien construido Universo Cinematográfico de Marvel ha cumplido su ciclo.