Capone, de Josh Trank

2.5/5

Marcado por el rotundo fracaso de Los 4 fantásticos, Josh Trank se vuelve a abrir al mundo – y al ojo crítico – con su primer largometraje en casi cinco años, Capone, una película biográfica que repasa el último año de vida de uno de los mafiosos más infames de la historia.

Con el precedente de no haber aprobado la versión de Los 4 fantásticos que llegó a las salas de cine en 2015, Capone, escrita y hasta montada por Trank, puede que sea la irrefutable prueba que el director está lejos de merecer el privilegio del tan anhelado final cut, porque de no ser por el comprometido – y hasta cierto punto cuestionable – trabajo de Tom Hardy, ésta sería una biopic que a lo mucho estaría para un estreno televisivo.

Títulos en negro anuncian la liberación de Al Capone (Hardy) de prisión luego de permanecer encerrado diez años por evasión de impuestos. Su salud mental está en declive, y mientras su fiel esposa, Mae (Linda Cardellini), cuida de él, sus personas más allegadas, como su mejor amigo, Johnny (Matt Dillon), y hasta el médico de la familia, el Doctor Karlock (Kyle McLachlan), intentan sacarle información para descubrir dónde escondió un maletín con diez millones de dólares.

La virtud más grande en la dirección de Trank yace en darle vida a ese purgatorio que Capone atravesó en la postrimería de su muerte. Sentenciado a una silla, casi que en condición vegetal, Capone, desde una lujosa mansión en Florida en la que se podría llevar una vida idílica, pasa por un verdadero tormento que resulta creíble hasta el último fotograma. Capone no sólo sospecha de la vigilancia policial a la que es sometido como parte de su liberación, sino también de quienes lo rodean, lo cual empeora su condición, y es ahí cuando el trabajo de Hardy reluce.

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Hardy, que en el pasado encarnó a dos de las figuras más notorias del crimen organizado británico – los gemelos Kray – en Legend (Brian Helgeland, 2015), se mantiene al borde de lo caricaturesco personificando a Capone. Su trabajo excede el tema de prótesis y demás, pero por momentos no puede evitar sentirse como algo enteramente unidimensional. Trank reduce a Capone como un grotesco ermitaño atormentado por su vida delictiva, y no digo que no lo haya sido, pero el personaje parece más una parodia, carente de profundidad, que cualquier cosa.

La foto de Peter Deming es opaca y de no ser por una escena en exteriores que resulta ser una de las muchas visiones que Capone experimenta a lo largo de la película, nadie haría de cuentas que el relato transcurre en los cuarenta.

Trank no ha tenido problemas en atribuir su falta de experiencia al fracaso que fue su primera vez trabajando para uno de los estudios más grandes. Pero Capone demuestra que incluso a una menor escala sigue siendo un director novicio que por más control creativo que reciba de autor no tiene nada.

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