Crítica: Christopher Robin, un reencuentro inolvidable – Disney apuesta a lo seguro otra vez

Por Julio Fernando Navas

En 2013, la adaptación cinematográfica de Guerra Mundial Z, inspirada en la novela de Max Brooks, dio de qué hablar, pero por todas las razones equivocadas. La transposición, co-producida por el estudio de Brad Pitt, Plan B, recibió críticas relativamente positivas, lo cual camufló su problemática producción, para la cual se tuvo que re-escribir el tercer acto y rodar un nuevo final que no era el que su director Marc Foster había filmado.

Desde entonces alejado del blockbuster, y con el mal sabor de boca que ya había dejado con Quantum of solace en 2009, el director de la historia de origen de Peter Pan, Descubriendo Nunca Jamás, regresa al cine fantástico con la historia de otro popular personaje de la factoría de Disney: Winnie Pooh. Aunque a largas Foster apuesta por algo bastante seguro en Christopher Robin, un reencuentro inolvidable, la imaginación de la película compensa la falta de ambición del director.

Cuando Christopher Robin es obligado a asistir a una escuela de intercambio, no tiene elección más que decirle adiós a sus amigos del Bosque de los Cien Acres: Pooh, Tigger, Ígor, Piglet y Búho. De adulto, Christopher (Ewan McGregor) trabaja como experto de eficiencia en una compañía que confecciona maletas de equipaje y está casado con Evelyn (Hayley Atwell), una arquitecta que conoció después de la guerra con quien tiene una pequeña hija, Madeline (Bronte Carmichael). Al despertar y no poder encontrar a sus amigos, Pooh abandona el Bosque de los Cien Acres y llega a Londres, donde se reencuentra con un Christopher que, debido a problemas en su hogar y su trabajo, ha olvidado cómo ser feliz.

Si bien el año anterior tuvimos un aproximamiento más íntimo con el creador del personaje en Hasta pronto, Christopher Robin (Simon Curtis, 2017), Disney se aleja de la historia de quien crease a Winnie Pooh para enfocarse en la fuente de su inspiración: su hijo. Así como Al encuentro de Mr. Banks (John Lee Hancock, 2013), el estudio toma el camino seguro y ofrece una película que no se atreve a arriesgarse en lo más mínimo.

Es agradable ver a Pooh cobrar vida – incluso cuando en un principio es casi tan irritable como el live-action de Paddington – junto al resto de sus amigos, pero pasada la ternura de ver animales de felpa que hablan, la otra historia, la de Christopher Robin en Londres, no es ni la mitad de interesante en comparación a lo que acontece en El Bosque de los Cien Acres. Y no es que se espere demasiado de una feel good movie de Disney, pero la película es sorpresivamente blanda.

Claro que la nostalgia juega un papel muy importante, y Foster sabe sacar provecho de ello, pero no es que lo que el director propone aquí – esa idea de cómo los problemas que vienen adheridos a las responsabilidades de la vida adulta nos hacen alejar del niño en nuestro interior – no se haya visto o hecho antes. La moraleja no es lo suficientemente sólida como para justificarse en la forma de una película.

Al igual que en Descubriendo Nunca Jamás, y puede que esa sea la razón más importante por la cual Foster encaja como director, Christopher Robin, un reencuentro inolvidable, conmueve cuando es capaz de verter su magia e imaginación sobre nosotros. Sin contar esos momentos, sumado a un Ewan McGregor en piloto automático y a una desaprovechada Hayley Atwell que no pasa de ser la ama de casa que quiere a su esposo de vuelta, la película no dice nada que no hayamos escuchado antes.

6/10