Críticas

Crítica: Cómprame un revólver – La inocencia en tiempos de narcos

3.5/5

La violencia que el narcotráfico genera en México no cesa, ¿pero qué si ésta se toma el país por completo? Bajo ese desesperanzador escenario se sitúa el cuarto largometraje de ficción del realizador guatemalteco Julio Hernández Cordón (Te prometo anarquía, 2015), Cómprame un revolver

Estrenada dentro del marco de la Noche de Directores del Festival Internacional de Cannes, la película tiene una esencia distópica a lo Mad Max (George Miller, 1979), sólo que narrada desde la perspectiva de Huck (Matilde Hernández), una niña que junto a su padre, un adicto a las drogas, velan por un pequeño estadio de Baseball al que los narcos van a pasar el rato.

Una pantalla en negro con un mensaje en letras rojas (mismo que puede o no simbolizar la sangre que se ha derramado) nos indica que esto se trata de un relato atemporal en el que el narcotráfico ha afectado hasta la tasa de natalidad “por falta de mujeres”. Huck, una niña que se esconde bajo una mascara para lucir como un niño, ayuda a su padre, Rafa (Ángel Rafael Yanez), a cuidar de un pequeño estadio de baseball para mantener a los narcos que lo frecuentan, y a su Capo (Sostenes Rojas), felices.

El relato de Cómprame un revolver no responde a un periodo de tiempo específico, pero la austeridad de la puesta en escena la delata como algo situado en el ahora. No hay más cosas que sugieran que la obra se ambienta en un futuro distante, porque lo que se retrata en la película acontece hoy en día. Aunque sí, uno podría encontrar guiños hasta con Furia en el camino (George Miller, 2015), pues la presencia de un niño cuyo brazo fue cortado por los narcos no es gratuita.

Lo especial de Cómprame un revolver es que vemos este mundo árido y despoblado desde la mirada de una inocente niña que sufre con el recuerdo de su madre, y la de sus amigos que viven practicamente bajo camuflaje.

La forma en la que Nicolas Wong encuadra las conversaciones entre marcos de puertas nos da una sensación de incomodidad y complicidad mientras Rafa es constantemente increpado por los narcos. Es como si Cordón quisiera dar a entender que el narcotráfico está ante nuestras narices y no hacemos nada al respecto. Otra decisión estética que llama la atención es la ausencia de contraplanos. Cordón y Wong se limiten a sólo una angulación de cámara durante muchas escenas de diálogo, lo cual increíblemente no afecta el ritmo de la película.

Aunque el contexto suele tener mucho peso en la narrativa de un film, la naturaleza atemporal de un retrato sobre la inocencia en medio de una distopia narco es la más grande fortaleza de Cómprame un revólver.