Críticas

Crítica: Godzilla: El rey de los monstrous – Un ataque a todos los sentidos

2.5/5

Cuando Godzilla llegó a los cines en 2014 a cargo de Gareth Edwards, realizador que se había hecho de un nombre hacía unos años por su trabajo en Monstruos, una austera película de criaturas cuyos efectos especiales habían sido trabajados por él mismo desde su departamento, quedó claro que un buen trailer no era sinónimo de reciprocidad. Es decir, algo bien montado no garantiza nada. 

Para abordar la adaptación del popular personaje nipón, Edwards adoptó la ruta de clásicos como Tiburón (Steven Spielberg, 1975) y Alien: el octavo pasajero (Ridley Scott, 1977) que se manejaron – en parte por las limitaciones de aquél entonces – bajo la filosofía que menos suele ser más. Como si se tratara de una antítesis a lo que Edwards se había propuesto, la secuela de Godzilla, El rey de los monstruos, es un espectáculo visual que más que entretener, aturde.

Situada un par de años después de la primera aparición de Godzilla, el planeta se encuentra a la merced de gigantes criaturas conocidas como “titanes”. La doctora Emma Russell (Vera Farmiga), quien trabaja para una organización llamada Monarch, cree que los titanes pueden convivir en paz con los humanos, razón por la cual ha trabajado en un dispositivo llamado “Orca” que por medio de ondas es capaz de alterar el comportamiento de las criaturas. Cuando Emma y su hija de 12 años, Madison (Millie Bobby Brown), son secuestradas por un grupo de “eco-terroristas”, es Mark (Kyle Chandler), su ex-esposo, junto a otros empleados de Monarch, quienes deben encontrar una forma de detener a Gidorah, el destructivo titán de tres cabezas, con la ayuda de Godzilla.

Uno de los conceptos – por no decir el único – más interesantes de Godzilla fue la idea que la convivencia entre humanos y criaturas de la talla de Godzilla era insostenible para el planeta. En El rey de los monstruos hay vestigios de ello, pero en realidad se trata de una película vacía – incluso para los estándares de un blockbuster – que de cierta forma busca compensar la vertiginosidad de la que algunos creen careció la primera. Y el resultado es casi desastroso.

No se puede negar que a momentos Godzilla fue una película frustrante por cuánto quedó en deuda dejando colgado al público justo cuando un enfrentamiento colosal estaba por librarse, pero lo que se ve en El rey de los monstruos es una saturación estrepitosa, una sobredosis de pirotecnia visual que, al más puro estilo de Michael Bay, agota. Afortunadamente, en medio del caos que se ve en pantalla, hay uno que otro plano abierto que de alguna forma captura belleza en medio de tanta ruido, no sólo sonoro, sino también visual.

Más que la excesiva inclinación a la acción, lo que más desencaja de El rey de los monstruos son las estúpidas motivaciones del personaje de Farmiga, quien, como cualquier otro villano de cartón, cree que la humanidad es el cáncer del planeta y que la ola de destrucción que siembran los titanes es de hecho algo bueno ya que, debido a la radiación que traen consigo, todo regresaría a su estado natural.

Si en algo ambas películas se parecen es que los personajes humanos nos importan poco o nada – Kyle Chandler se une a la lista de Sally Hawkins y Ken Watanabe de talentos desperdiciados -, pero si algo prueba El rey de los monstruos es que más Godzilla y explosiones no son la respuesta.