Hillbilly, una elegía rural, de Ron Howard.

3/5

El cielo es azul, el césped verde y los drogadictos siguen siendo una carga en el nuevo drama de Ron Howard. Si bien el director se ha excedido a sí mismo (en contadas ocasiones) con películas que tienen elementos dramáticos, removido el envoltorio del género sus trabajos tienen la pinta de un original del Hallmark Channel. Claro que Rush: pasión y gloria, y Cinderella Man tienen momentos de drama bien logrados, pero, por encima de todo, son películas deportivas.

Es así como el director de 66 años, muy distante de su trabajo en A Beautiful Mind y hasta Frost/Nixon – la entrevista del escándalo, aborda una nueva adaptación no basada en una novela de Dan Brown: Hillbilly, una elegía rural, una película que de no ser por el estelar trabajo de Amy Adams y Glenn Close los $45 millones de dólares que Netflix invirtió para hacerse de su distribución hubiesen sido un despilfarro injustificado.

J.D. Vance (Gabriel Basso/ Owen Asztalos) es, porque no hay otra manera de describirlo, un cero a la izquierda. Y a la derecha. Sin amigos o alguna destreza en particular, J.D. es casi que la vergüenza de su empática familia, la cual está conformada por su hermana mayor, Lindsay (Haley Bennett), su abuela, ‘Mammaw’ Vance (Close), y su abusiva madre, Beverly (Adams), quien pasa de marido en marido – y trabajo en trabajo – sin encarrillar su vida. Como Beverly jamás tuvo una buena relación con ‘Mammaw’, la súbita muerte de su padre (quien también resultó ser un abusador doméstico) la arroja a un espiral de adicción con las drogas, lo cual, años después, interviene con el crecimiento profesional de J.D., quien aspira a ingresar a un prestigioso bufé de abogados.

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El relato de esta transposición del best-seller del New York Times se divide en dos líneas temporales: la infancia de J.D., fragmentda entre una comunidad apalache en una Kentucky de los noventa y su etapa adulta como un estudiante de leyes en Yale. La narración pendula entre estos dos momentos de la vida de Vance, de modo que vemos todo lo que tuvo que superar para “lograrlo” – para las comunidades marginales de Estados Unidos el simple de hecho de ser aceptado en una Universidad ya es una victoria moral – y lo que lo pudo haber mantenido atado a un vida sin ninguna aspiración en Ohio.

El guión de la irregular Vanessa Taylor (se inició con Divergente para tres años más tarde ser nominada al Oscar por La forma de agua y ahora último recalar en el mal recibido live-action de Aladdín) deja más que claro que Hillbilly, una elegía rural es una celebración de las tradiciones apalaches. Que, por más ridículo que sea siquiera aclararlo, los rednecks tienen principios y moral. Pero abusa, por puro efecto dramático, en enfatizar, creando conflictos porque sí, el hecho que J.D. es un torpe sin futuro. El personaje está escrito de tal forma que bien podría pasar como un autista o confundido con Eugene de ¡Oye, Arnold!

Las motivaciones de esta adaptación son tal insustanciales que es difícil imaginar que Howard y su compañero de producción, Brian Grazer, se hayan interesado en adquirir los derechos de las memorias de Vance, porque más que para ser un vehículo con el cual actrices como Adams y Close puedan transformarse (y Close vaya que lo hace), Hillbilly resulta hasta casi insultante. Ya sea por su cualidad de película de superación personal (¡Si el campesino pudo entrar a la Universidad con una madre drogadicta, ustedes también!) o por pensar que la clase obrera sureña de los Estados Unidos necesita de Hollywood para probar al mundo que tienen valores (hay una escena en la que ‘Mammaw’ Vance le deja claro a J.D. que los apalaches no roban).

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Al final del día, Hillbilly, una elegía rural saca la faceta más insípida de un Ron Howard que en sus peores días remite mucho al Clint Eastwood más falto de inspiración. Por suerte, el fantástico trabajo de Close, Adams (en ruta a su sexta nominación al Oscar) y el de un muy rescatable Owen Asztalos hacen que este melodrama (por más Oscar bait que sea) nos llegue a tocar una fibra.

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