Crítica: Upgrade – ‘Elysium’ conoce a ‘John Wick’

Por Julio Fernando Navas

El escritor de la primera entrega de La noche del demonio (James Wan, 2010) y todas sus flojas e innecesarias secuelas, Leigh Whannell, presenta con su segunda realización como director uno de los trabajos más virtuosos de ciencia ficción que se han visto en algún tiempo.

Al margen de planteamientos filosóficos como los que vimos en Aniquilación (Alex Garland, 2018) que podrían ahuyentar a cierto público en particular, Upgrade, además de tomar como fuente de inspiración a varias de las mejores exponentes del género (desde Blade Runner hasta 2001: Odisea en el espacio), construye un discurso sobre el acelerado avance tecnológico y los riesgos que éstos suponen.

Ambientada en un futuro no muy lejano, en Upgrade conocemos a Gray Trace (Logan Marshall-Green), un mecánico que prefiere hacerlo todo a la antigua. Su novia, Asha (Melanie Vallejo), trabaja para Cobolt, una corporación que desarrolla programas que amplifican la inteligencia humana por medio de tecnología. Cuando un grupo de rufianes la asesinan y Gray queda parapléjico como resultado de la emboscada, Eron (Harrison Gilbertson), el brillante joven creador de STEM, un chip que cumple la función de un cerebro auxiliar, le ofrece la posibilidad de volver a caminar para que pueda conseguir la venganza que busca.

Además de beber de un sinnúmero de fuentes de inspiración, Upgrade es un cóctel de géneros. La película tiene tintes de thriller, de aquellas en las que un personaje desea obtener venganza y de un cine neo-noir futurista, lo cual casi que nos obliga a levantar referencias con filmes como Blade Runner, Matrix (Hermanas Wachowski, 1999) y yéndonos más allá, la obra maestra de Stanley Kubrick.

Aunque la película parece un collage entre tantos elementos que toma prestados, Upgrade es una contribución valiosa al género pues en medio de un entorno que nos resulta tan familiar Whannell es capaz de ofrecernos una historia única en la que un parapléjico cede el control de su cuerpo para embarcarse en un eléctrico viaje de hiperviolencia en búsqueda de respuestas y venganza.

Otro de los hallazgos importantes del filme reside en el rol protagónico, ya que por primera vez Logan Marshall-Green le hace justicia a su parecido físico con un actor más dotado como Tom Hardy entregándonos el trabajo más sólido de su carrera. Flojo en Prometeo (Rieley Scott, 2012), al borde de lo ridículo en La invitación (Karyn Kusama, 2016) y completamente intranscendente en Spider-Man: De regreso a casa (Jon Watts, 2017), Marshall-Green es creíble tanto como un hombre sufrido postrado a una silla de ruedas como alguien que, a pesar de rechazar la innovación tecnológica, está dispuesto a que ésta tome control de su vida. Literalmente.

En un mundo en el que la sociedad vive conectada a las redes sociales, las cuales dictan la forma en la que las personas actúan, el discurso de Upgrade es bastante oportuno desde esa perspectiva. Quizás sea fácil desmerecerla por arrancar tantas páginas de clásicos del género, pero rara vez una película de ciencia ficción logra ser tan original como astuta. Y Upgrade es ambas.

7.5/10

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