Estados Unidos | 128 minutos | Biopic
En sus apuntes sobre el plano secuencia, Pier Paolo Pasolini aborda la muerte como un suceso que cumple el mismo propósito que el montaje cinematográfico. “La muerte lleva a cabo un fulmíneo montaje de nuestra vida: o sea escoge sus momentos verdaderamente significativos y los dispone en sucesión, convirtiendo nuestro presente, infinito, inestable e inseguro, y por lo tanto no descriptible, en un pasado claro, estable cierto y por consiguiente lingüisticamente bien descriptible”. En esencia, borrar lo que no sirve. O en este caso, lo que no conviene.
Como si se tratara de un compendio con los Greatest hits, y únicamente los Greatest hits de su vida artística y personal, Michael, la biopic de Michael Jackson, es un retrato decididamente maquillado que se inclina más hacia la película de concierto que la biografía musical. Dicho eso, Antoinque Fuqua ha orquestado todo un blockbuster musical.
A temprana edad, Michael Jackson (Juliano Valdi) deslumbra cantando en una banda, los Jackson 5, junto a sus otros cuatro hermanos. Su innegable talento es cultivado por su estricto y dictatorial padre, Joseph (un gran Colman Domingo), quien a punta de correazos, desde la sala de su humilde morada en la fría Gary, Indiana, logra que sus hijos den el salto a la fama con un primer álbum y un par de sencillos que se escuchan a día de hoy. En su adultez, Michael (Jaafar Jackson), destinado al estrellado global, navega una carrera como solista mientras su opresivo padre solo busca crear un imperio musical.
Cuando HBO acogió en su programación Leaving Neverland, un difamatorio documental de dos partes que recoge testimonios de dos supuestas víctimas de abuso sexual de Jackson, desde el entorno del cantautor se prometió una respuesta, asimismo en forma documental, para objetar las acusaciones. El documental nunca vio la luz del día, pero para eso, se entiende, está Michael.
A cada vuelta de la esquina, el guión de John Logan no es que solo pretende victimizar a Jackson, insiste en esbozar una imagen inmaculada del artista. Prueba de ello, las dos escenas, dos, donde Jackson visita niños con enfermedades terminales en el hospital. O una donde se rescata su espíritu pacifista cuando incluye a dos pandillas rivales en el videoclip de “Beat It”. Y otra donde adopta un pequeño chimpancé que, como él, (uno en un zoológico, el otro en el circo del espectáculo), ha sido víctima de maltrato y explotación. Y sí, puede que Jackson haya sido un santo de nuestra devoción, pero mostrar solo lo bueno es no haber aprendido ninguna lección que HBO dejó con sus primeras grandes series. No se trata de ser bueno o malo. Se trata de la ambigüedad moral del ser humano y cómo ambos valores coexisten dentro de sí.
El sufrimiento de Jackson es reducido al abuso físico y mental que sufrió a manos su padre, un accidente durante la filmación de un comercial para Pepsi y la niñez que le fue ultrajada (la mejor imagen que entrega la película ve a Jackson, de niño, cantar en una feria frente al resplandor de una rueda moscovita vacía). Si tan solo Fuqua hubiera sido más sutil con sus referencias al síndrome de Peter Pan…
Naturalmente, la cinta, que, como experiencia, no dista mucho de otra película de concierto como Michael Jackson: This is It (2009, Kenny Ortega), desprende una sinergía propia del repertorio del legendario músico, mientras que su sobrino, Jaafar, impecable en cada una de las coreografías, captura con su interpretación a ese niño interior que nunca creció.
Michael rescata el genio musical de Jackson (como todo buen artista, bebía de múltiples vertientes), y está bien, pero la sensación es que se está ante una obra incompleta, que se evita al elefante en la habitación.

