España | 94 minutos | Drama | Festival de Málaga

La niña de la cabra no solo se presta como el título elegido para la nueva obra de la realizadora madrileña Ana Asensio, también funciona como un adjetivo que encierra la estigmatización, el rechazo y el prejuicio, muchas veces arraigado del adoctrinamiento religioso a temprana edad. Evidentemente, no hace falta poseer una mamífero cornudo (o vivir en los tiempos de los juicios de Salem) para, ante ciertos ojos, ser la niña de la cabra, el afiche de la otredad.

En su segundo trabajo detrás de cámaras luego de una ópera prima que le valió buenos comentarios en el exterior y un galardón en SXSW, Asensio, reculando el relato a la Madrid ultraconservadora de 1980, hace buen uso de los elementos formales de la puesta en escena para tejer un drama familiar que incomoda e inspira por su espíritu subversivo.

Para sus ocho años, Elena (Alessandra Gonzáles) ha coleccionado un montón de vivencias. Mientras se gestan los preparativos de su primera comunión, la niña debe lidiar con la dolorosa pérdida de su añorada abuela (Gloria Muñoz). Alienada de sus dos desbordados padres, a los que les queda grande el cargo, Elena, un día, entabla una amistad con Serezade (Juncal Fenández), una pequeña gitana de un banda musical ambulante con la que, junto a una simpática cabra negra, emprenden un viaje lejos del problemático mundo de los adultos.

La tesis que gobierna este segundo largo de Asensio es que si un menor no tiene la capacidad de comprender conceptos como la muerte, o la ausencia (bien retratada aquí como un asiento sin dueño) que esta produce, entonces tampoco debería ser expuesto a imágenes que, a corta edad, podrían resultar ambigüas y/o chocantes como la crucifixión de Jesús o las pinturas negras de Goya. Desde la perspectiva de una niña de ocho años, un confesionario puede infundir tanto miedo como el monstruo que se esconde debajo de la cama. Y también tiene que ver por cómo Asensio decide filmar su película.

La directora, con la cámara en mano y el fuera de foco como sus mejores armas, deposita total confianza en Gonzáles, quien, a su tierna edad, entrega una actuación llena de matices. Duelo, confusión, empatía; todo converge en su mirada.

La niña de la cabra se ciñe a los códigos del coming-of-age, pero el mensaje se planta contra las fundaciones de la misma trama de la madurez a la que estamos acostumbrados: a veces no hace falta crecer.

La niña de la cabra es distribuida en Estados Unidos por Outsider Pictures.

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