Estados Unidos, Reino Unido | 173 minutos | Acción, fantasía

Habiendo designado un tocho de su vida profesional al cine de superhéroes, Christopher Nolan, un director de grandes ínfulas, parece afanado en depurar su filmografía poniendo delante de su lente algunos de los momentos más cruciales, ficción o no, en la historia de la humanidad. Véase: el detonamiento de la primera bomba atómica y, ahora, la reimaginación de una de las piezas fundacionales de la literatura occidental como lo fue La odisea, atribuida a la pluma de Homero.

La odisea es una obra difícil a la cual enfrentarse. La sintaxis e incluso la detallada genealogía que se inscribe en los cánticos homéricos suponen una lectura desafiante como enriquecedora. En ese sentido, Nolan ha tomado una obra, tan inaccesible para ciertos lectores que existen a la venta versiones en prosa, para transmutarla en un producto de consumo masivo que se sirve, como acuñó Martin Scorsese, al estilo de un parque de atracciones. Y no es que esto sea del todo malo.

Años después de la guerra de Troya, Ulises (Matt Damon) es retenido contra su voluntad por la ninfa Calipso (Charlize Theron), a quien llegó, sin memoria, luego de perder a toda su flota por enfurecer a los dioses durante su travesía de vuelta a Itaca. En su patria lo lleva esperando por ya más de una década su esposa Penélope (Anne Hathaway), su hijo ya crecido Telémaco (Tom Holland) y su fiel porquero, Eumeo (John Leguizamo). En el palacio también aguardan una horda de abusivos pretendientes, entre ellos el deiforme Atinoo (Robert Pattinson), para tomar la mano de Penélope en matrimonio – dando por hecho que Ulises ha perecido – y heredar el trono de la región. Con la incondicional guía de la diosa Atenea (Zendaya), Ulises trama su regreso a Itaca para recuperar a la familia que llora su ausencia.

Partiendo de un esquema calcado de Interestelar donde cada hostil planeta se presentaba como una amenaza diferente para sus visitantes terrícolas, La odisea de Nolan fue concebida pensando en estos momentos grandilocuentes que marcan el ritmo del relato. Es como un menú a la carta. Por este trecho, una isla que anida cíclopes que devoran hombres, y unas millas más allá una bruja que transforma a sus hambrientos huéspedes en cerdos de corral. Y cómo ignorar el torbellino (en el poema es una mujer que bebe y vomita agua tres veces al día para subir la marea), el demonio mitológico de seis cabezas (reducido aquí a un conjunto, una masa grisácea de tentáculos) o las sirenas que pueden llevar a la ruina a cualquier mortal. El núcleo, que viene a ser el viaje interior del héroe, queda relegado como plato de segunda mesa. Algunas secuencias son tan breves y descontextualizadas, como el desembarque en una isla habitada por Lestrigones, series gigantes equipados con armaduras y yelmos de acero, que, pese a la espectacularidad de la puesta en escena, resultan gratuitas.

Aunque sería indigno pensar que Nolan está en capacidad de mejorar la obra de Homero, el director reduce la dosis de sentimentalismo que brota a lo largo de todo el poema. Y, en el proceso, le da una voz firme a Penelope, quien no hace sino sollozar día y noche en la pieza original. Poseidón, Zeus y el propio Olimpo no pasan de la referencia oral, mientras que Nolan, en su intento de capturar con sus cámaras IMAX mitos más grandes que la vida misma, dedica minutos del metraje a eventos que acontecieron en La Iliada, como el famoso caballo de Troya.

El guión de Nolan intercala la narración entre relatos (Melenao, interpretado por Jon Bernthal) y rememoraciones (Calipso) que agigantan la leyenda de Ulises y su periplo. A momentos, las imágenes que entrega el director, potenciadas por el sublime score de Ludwig Göransson, son capaces de capturar el lirismo de la epopeya de Homero, pero esta rimbombante adaptación, sumado a un casting en parte deplorable, no dista mucho de otras épicas de espadas y sandalias, incluso cuando el último plano está dotado de un mayor simbolismo respecto al texto inmortal que pretende actualizar.

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