Estados Unidos | 112 minutos | Terror | Festival de Cannes

Jason Voorhees fue revivido tantas veces que, para su décima película, quedó reducido a un accidente frankensteiniano, a un pitch banal (algo así como… “Jason suelto en las calles de Nueva York”) a bordo de una nave espacial en el año 2455. Entrando al nuevo milenio, no sonaba como una idea tan descabellada para mantener en órbita una franquicia que no cumplía con sus promesas. Viernes 13: capítulo final o El último viernes 13: la muerte de Jason vaticinaban, desde su carta de presentación, el vencimiento de un producto caduco.

En estos últimos tiempos, aires postmodernistas han dado cabida a una nueva forma de hacer cine de terror, una donde la identificación (y el cuestionamiento) de los clichés es tan esencial al argumento como la (tan trillada) final girl o las infaltables tórridas sesiones de sexo entre consejeros promiscuos en un campamento de verano.

Tomando la imagen y semejanza de Viernes 13 como punto de partida, Jane Schoenbrun (We’re All Going to the World’s Fair, Vi el brillo del televisor) pretende desmantelar en Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma los “problemáticos” mecanismos del slasher, pero lo que acaba entregando es un brebaje ideológico de wokismo e identidad de género diseñado para el paladar de algún moderador de Reddit.

Kris (Hannah Einbinder, Hacks) es una joven cineasta, una sensación salida del Festival de Sundance que, quizás contra su mejor juicio, toma las riendas de Camp Miasma, una franquicia devenida en sinónimo de burla que ha producido una miriada de secuelas, una más ridícula que la anterior. Durante su preparación para el rodaje del reboot de la saga, Kris, a solas, emprende un viaje hacia el campamento donde se filmó la película original, descubriendo que la propiedad fue comprada por la enigmática protagonista de aquella cinta, Billy Preslie (Gillian Anderson), quien, a raíz del traumático rodaje donde fue víctima de abuso sexual, ha cortado conexión con el mundo exterior. Mientras el vínculo de ambas mujeres florece, el asesino de la película que descansa en el fondo de un lago también.

MUBI.

Para Schoenburn, cineasta trans, es ineludible pasar por alto los paralelismos que una película como Campamento sangriento (Robert Hiltzick, 1982) plantea entre el transgenerismo y el desequilibrio mental cuando, en un final macabro, se revela a un hermafrodita, arropado bajo la luz de la luna, como el sanguinario autor de una serie de acuchillamientos en un campamento de verano. La denuncia es un respuesta valida, pero el proyectarse tan abiertamente en un personaje que advierte, durante el revisionado de una película, que una “escena transfóbica” está por venir, desvela una falta de tacto de parte de un cineasta en demanda que conseguía mejores resultados desde el anonimato, no liderando cruzadas ideológicas en un acto de reescribir el pasado.

El aporte más elocuente del metadiscurso de Schoenbrun yace en la representación de la figura del asesino de turno como un emisario invocado por intereses corporativos, condenado, cuan Sísifo empujando una inmensa roca, a repetir la misma encomienda hasta la próxima secuela.

Scream: vigila quién llama (Wes Craven, 1996) y Behind the Mask: The Rise of Leslie Vernon (Scott Glosserman, 2006) quedan como dos de los mejores ejemplos sobre cómo diseccionar los códigos de un género sin demonizar su legado.

Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma es distribuida en Latinoamérica por MUBI.

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https://www.youtube.com/watch?v=pQS_k9f2il0

 

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