Estados Unidos | 145 minutos | Ciencia Ficción
Por más tedio que le produzca filmar sobre el agua con un tiburón blanco mecánico, no imagino a Steven Spielberg, a sus 79 años, desperdiciando una de sus últimas balas de la recamara con otro ejercicio de suspense sobre una bestia asesina que acecha una playa. O, en su condición de judío, someterse a la tortuosa recreación del Holocausto cuando, con el debido perdón de Claude Lanzmann, entregó la obra definitiva de ficción sobre el genocidio cometido por los nazis. Entonces resulta, cuando menos llamativo, que el director de Encuentros cercanos del tercer tipo, E.T., el extraterrestre y la segunda adaptación de La guerra de los mundos quiera entrar a los asaltos de campeonato en materia ovni.
Obviando sus conexiones con el género, Spielberg es un director abiertamente politizado. Dirigió una biopic fidedigna de Abraham Lincoln, examinó la Guerra Fría en Puente de espías y la prolongada ocupación en Vietnam (especialmente durante el mandato de Lyndon B. Johnson) en The Post: los oscuros secretos del Pentágono. El día de la revelación, su regreso a una parcela que ayudó a labrar, está más ligado a la inestable relación de los medios con, para decirlo coloquialmente, el pueblo, que platillos voladores o invasiones de seres intergalácticos.
Daniel Kellner (Josh O’Connor) es un experto en ciberseguridad que, como si de Edward Snowden se tratara, ha copiado documentos clasificados a un USB con el fin de revelar a la humanidad la existencia de vida extraterrestre. Al mismo tiempo, Wardex Corportation, la siniestra organización contratada por el estado que, desde el incidente de Roswell, gestiona los encuentros con los alienígenas, ha tomado de rehén a su novia, Jane (Eve Hewson), a la espera de un intercambio que sale mal. Mientras Daniel y Jane se dan a la fuga, Margaret (Emily Blunt), una meteoróloga de Kansas, desarrolla una habilidad inhumana que le permite comunicarse en un lenguaje desconocido.
Para una película con aspiraciones portentosas, resulta irónico que la primera escena tenga lugar en un evento de lucha libre profesional donde los eufóricos fanáticos ignoran lo que acontece (un campanero cargando consigo un USB con información que podría provocar una neurosis colectiva en todo el planeta) delante de sus sudorientas narices. ¿”Puedes imaginar el nivel de una mente que mira lucha libre?”, preguntaba, con cierto tono misántropo, Woody Allen en algún punto de Hannah y sus hermanas (1986). Lo que ocurre dentro del ring en esta primera escena, y la atención de parte de cámara que reciben las reacciones de la afición, parece un dardo directo a las masas adormecidas por la industria del entretenimiento. El chiste se cuenta solo cuando El día de la revelación está más cerca del espectáculo de feria diseñado para el consumo masivo que, por ejemplo, La llegada de Denis Villeneuve.
El vertiginoso guión de David Koepp (Jurassic Park) nos hace una jugarreta mental cuando nuestros dos protagonistas, conectados por incidentes ocultos en su subconsciente, son transportados a una novela del universo de Dan Brown al verse obligados a saltar de una camioneta a un tren de carga en movimiento mientras son perseguidos por una secta de rufianes que visten todo de negro. En ningún otro contexto se podría confundir a Spielberg con Ron Howard, pero aquí estamos.
Para darle al espectador un respiro del estridente ritmo marcado por las páginas de Koepp, el primer acto nos aísla en un remoto convento de monjas donde, naturalmente, se libran debates sobre la incompatibilidad entre ciencia y fe, pero no se percibe como un esfuerzo convincente, sino como una parada obligatoria del guión.
Claro que también tenemos la lectura sobre como los alienígenas representan una metáfora para hablar sobre la explotación de derechos humanos (lo que indigna a Daniel son los experimentos de laboratorio a los que el gobierno somete a estas formas de vida, como si no existieran testimonios de horror sobre abducciones espaciales) en ilegales (, pero creo que eso sería hilar muy fino. Espero.
El día de la revelación cumple como un espectáculo spielbergiano, pero, más allá del clímax que le hace honor al título de la película, es difícil no sentirse indiferente hacia todo el cúmulo de revelaciones que se vomita al final. Sí, han estado entre nosotros. Sí, los medios manipulan información. ¿Y ahora qué?
