Críticas

Crítica: Glass – La nueva caída de M. Night Shyamalan

2.5/5

Para bien o para mal (sin lugar a dudas es la última, pero síganme la corriente), el cine de M. Night Shyamalan despertaba emociones. Y henos aquí, ante no su peor, sino más insípida y superflúa película hasta la fecha con Glass, conclusión de una trilogía superhéroe que nadie sabía que quería.

Tras una interminable serie de fracasos, Shyamalan mostró vestigios de vida con su bien logrado found footage, Los huéspedes. El director de El sexto sentido y La aldea reivindicó su regreso hace dos años con Fragmentado, pero como si se tratara de un infame giro en algunos de sus guiones, es casi seguro anunciar que el viejo Shyamalan está de regreso. Porque si con El fin de los tiempos reíamos por su exagerado grado de dramatización, con Glass no sentimos absolutamente nada.

Han pasado tres semanas desde que se corrió la voz sobre ‘La horda’, las personalidades múltiples de Kevin Wendell Crumb (James McAvoy). En tanto, David Dunne (Bruce Willis) ha estado trabajando como vigilante con la asistencia de su hijo, Joseph (Spencer Treat Clark). Sin embargo, es arrestado e internado junto a Kevin en el mismo psiquiátrico donde se encuentra recluso Elijah Price (Samuel L. Jackson) a cargo de la Doctora Ellie Staple (Sarah Paulson), una psiquiatra que se dedica a estudiar casos de “delirios de grandeza”.  

Glass no llega al nivel de otros notorios bochornos de Shyamalan como las aberrantes El maestro del aire o Después de la Tierra. Sin embargo, la película es tan insustancial que para cuando los créditos ruedan es difícil concebir que esta sea la conclusión de una trilogía que nació inadvertidamente hace casi veinte años con el estreno de El protegido.

Indudablemente, el principal atractivo de Fragmentado era presenciar el amplio rango actoral de James McAvoy dando vida a un personaje con trastorno de identidad disociativo, pero eso no alcanza en Glass puesto que estamos atorados con un Bruce Willis falto de inspiración y un catatónico Samuel L. Jackson entre las cuatro paredes del pálido instituto mental.

La alarmante superficialidad de Glass nos lleva a cuestionar dos cosas. O se trata de una película realizada porque a su antecesora le fue modernamente bien en taquilla o por el propio delirio de Shyamalan, quien después de dos éxitos moderados pensaba que ya tenía a la crítica en el bolsillo. Ambas teorías no están fuera de lugar, porque Glass no añade nada a este universo “realista” y por momentos “meta” de villanos y superhéroes. 

Con Anya Taylor-Joy, uno de los puntos más fuertes de Fragmentado, relegada a un rol casi figurante, Glass pierde la oportunidad de ahondar en el conflicto de su antecesora a cambio de un “choque superhéroe” intranscendente.