De Ol Parker.

3/5

Dice mucho sobre la precaria condición de la comedia americana (si es de ponerlo en términos forenses, estaríamos hablando de un cadáver incinerado) que una película como Pasaje al paraíso llegue a los cines en pleno 2022.

Y que no se malinterprete: comedias románticas como estas, con A-listers del semblante de George Clooney y Julia Roberts en los protagónicos, y hasta un resumen de los bloopers del rodaje durante los créditos, se extrañaban. Pero más que lo predecible, lo que se le reprime a Ol Parker (Mamma Mia! Vamos otra vez) es haber asumido pocos riesgos considerando el elenco, la ambientación y la redundante trama.

Clooney y Roberts dan vida a David y Georgia, dos divorciados que sufren más con el hecho de compartir asientos en un vuelo que con una turbulencia. Sus caminos se vuelven a cruzar, no obstante, cuando se enteran por correo que su única hija, Lily (Kaitlyn Dever), ha decidido casarse al poco tiempo de conocer a un lugareño (Maxime Bouttier) durante sus vacaciones en Bali. Determinados en evitar que cometa su mismo error, David y Georgia se proponen a “infiltrarse como un caballo de Troya” para sabotear la boda.

Dado que el centro del meollo radica en la brecha generacional de una ex-pareja de casados a otra de recién comprometidos, Parker, escritor de ambas entregas de El exótico Hotel Marigold, nutre las casi dos horas del relato con choques de culturas, costumbres y tradiciones que desprenden una que otra risa.

Clooney hace de un pesimista – por no decir cascarrabias – que no decide a quién tolera menos: su ex, su novio piloto o su futuro yerno. Piensen en su personaje de Los descendientes, pero reducido para ajustarse a las situaciones de una comedia menos negra como esta.

Roberts, más fogueada en el género, es el complemento perfecto para el David de Clooney como una mujer que tiene repertorio para refutarle cualquier dudosa rememoranza de sus días de casados.

El fruto más importante de Pasaje al paraíso es la evolución de Kaitlyn Denver. Y no es que sea un rol sumamente complejo el de una ambiciosa estudiante que, en la semana más importante de su vida deba lidiar con el drama fabricado por sus divorciados padres. Pero no verse opacada por Julia Roberts ya denota un crecimiento que se vislumbraba desde hace casi una década.

De más no está exaltar el trabajo de Billie Lourd (American Horror Story), por recordarnos con su buen manejo de tiempos que, en efecto, estamos viendo una comedia.

No hay que engañarse: el final de comedias como Pasaje al paraíso es uno que ya se tiene en la retina desde el momento que se compra la entrada. Y aunque el poderío actoral acentúa las flaquezas de un guión que visita lugares muy comunes, la película es como una patada de ahogado que demuestra que Hollywood aún tiene capacidad, incluso si lo intenta a medias, de sacarnos una que otra risa con una formula trillada.

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