Estados Unidos | Comedia, Romance | 102 minutos

El cine de Will Gluck se delimita a la incapacidad y hasta el autosabotaje de dos completos desconocidos en concretar un encuentro sexual. Incluso su primera película, ¡Vamos por las chicas!, proclive a ser confundida con alguna de las detestables, no oficiales secuelas America Pie, tiene como eje central el boy meets girl que ha servido como columna vertebral para la comedia romántica de situación.

Después de Amigos con beneficios y Con todos menos contigo (tampoco podemos olvidarnos de Se dice de mí), el director retoma su fascinación por el ligue entre extraños con Solo por una noche, una ligera comedia de enredos que hace gala de una sepa de totalitarismo que ni se le ocurriría al propio Orwell (o a un pesimista como Houellebecq). Porque la metáfora antiestalinista de animales de granja parlantes del pensador británico introduce en sus escasas páginas un universo más plausible que la pesadilla de celibato millennial que Gluck propone en hora y media de película.

En un futuro donde el sexo fuera del matrimonio es ilegal, los solterones de La Gran Manzana solo tienen una noche al año para satisfacer sus necesidades en el dormitorio. Owen (Callum Turner) es el exitoso y carismático dueño de una pizzería artesanal en Brooklyn, pero su mundo se viene abajo cuando su prometida le suelta una bomba: lo va a dejar para acostarse con otro soltero. Al lado opuesto de la ciudad, Allie (Monica Barbaro, A Complete Unknown) es una talentosa cantante frustrada por su carrera en la aburrida industria de la publicidad. Sobre la hora, ambos se proponen a encontrar a la persona indicada para pasar la noche, pasando por alto que esa persona está más cerca de lo que creen.

Que el fantasma de La purga (una noche para matar; una noche para ligar) merodeé como la principal fuente de inspiración no es el pecado más grande de este guión que Gluck ha cobrado por dirigir. Desde la primera escena transpira un quemeimportismo por ahondar en el cómo y el por qué el sexo fuera del matrimonio ha sido declarado como una ofensa capital. Eso sin contar que nuestros desesperados solteros disponen de un tatuaje inteligente en el dorso de sus muñecas que, como un semáforo, cambia a verde cuando llega el gran día de fornicación anual. El relato podría transcurrir en el 2040 y no estaríamos enterados.

Para la comedia millennial, Nueva York siempre se ha prestado como un escenario idílico y hasta cierto grado fantástico que produce una visión mercantilizada sobre el libre albedrío y el libertinaje sexual. Vivir en Nueva York constituye, de por sí, un estilo de vida. En Solo una noche, la ciudad, infestada con señaléticas subidas de tono, se siente tan artificial como el lote de la Warner Bros. donde se solían filmar los episodios de Friends.

Esto, naturalmente, nos lleva a los dos únicos puntos favorables de la película: Turner y Barbaro, en ese orden. La presencia del primero, que ya contaba con cierto rodaje en comedias afines por su participación en La amante de mi padre, contribuye con su grano de arena entre momentos de encanto y torpeza. Barbaro, quizás mal asesorada aceptando este rol justo después de su nominación al Oscar, redobla esfuerzos con el material que recibe dándole profundidad a Allie entre la angustia de la soledad y sueños no realizados.

Seguro. Sabemos exactamente cómo acaba esto, porque no podía ser de otra manera. Pero al menos el recorrido es medianamente ameno.

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