Estados Unidos | 110 minutos | Terror, Ciencia Ficción

La inclusión forzada que se enquistó en Hollywood, aquella que consiste en marcar una o múltiples cajitas como si de completar un cuestionario se tratara, no le ha hecho un gran favor a las directoras. Sé que suena como un chiste escabroso de uno de los monólogos alcoholizados que Ricky Gervais escribiría para conducir los Globos de Oro, pero solo así se explica que Eva Longoria entregara directrices en un set. O que a un adolescente de 19 años le cedieran el timón de una película de estudio distribuida por A24. El mensaje es claro: en el nuevo Hollywood, todos tienen derecho a dirigir. Pero el cine, como una vez me afirmaron en una entrevista para este medio, no es democracia. Ser director tampoco.

Backrooms: sin salida, de Kane Parsons, cumplía todos los prerequisitos para coexistir, junto a otras premisas de patas cortas, dentro de una antología en el universo de V/H/S. Pero el producto, la novedad, pudo más. Y el resultado es un largometraje de 110 minutos que no puede con su propio peso.

Clark (Chiwetel Ejiofor) es un arquitecto deprimido con el curso que ha tomado su vida. Su alcoholismo está a punto de costarle el matrimonio y su anticuada mueblería con pinta de juguetería no atrae clientela. Es así que llega al despacho de Mary (Renate Reinsve, Valor sentimental), una terapeuta que también carga con todo un bagaje de trauma y conflictos irresolutos. Una noche, Clark descubre en el sótano del almacén – donde vive – una anomalía: puede traspasar una pared que lo transporta hacia un misterioso espacio, o un conjunto de los mismos, que desafía cualquier tipo de lógica y/o racionalidad. 

 

A24

Podríamos interceder en el estrado a favor de Parsons sobre cómo se ganó el derecho a dirigir este largo, basado en un fenómeno que nació en foros de Internet, desplegando sus facultades concibiendo un corto de found footage – que sí funciona – situado en los backrooms con miriadas de visitas en YouTube, dirigido a un público impresionable, su público, que seguramente divide tiempo entre Roblox y ver películas de A24 como deporte. Pero lo cierto es que fuera de las asfixiantes y claustrofóbicas dimensiones de estos sinuosos espacios, en su mayoría desamoblados, el joven director se quema dirigiendo un simple plano y contraplano. El montaje tampoco ayuda manejando el tempo ni cuidando las actuaciones de los intérpretes o entendiendo la carga psicológica de la escena. Sin lo teórico, la práctica no sirve de nada.

Backrooms: sin salida cobra fuerza cuando es fiel a su naturaleza: una película de metraje encontrado en composiciones surrealistas propias de René Magritte. Después de su descubrimiento, Clark, sin un gran pretexto, contrata a dos pesados zoomers para que lo filmen en su exploración de estos cuartos amarillados que varían en forma y tamaño. En uno de sus pocos aciertos, el guión de Will Soodick soluciona el hecho de mantener la cámara rodando en contextos desfavorables.

La narración intercala (más bien entorpece) con la traumática niñez de Mary y la demolición de su hogar. Muy en el fondo, hay una película que habla sobre nuestra relación con ciertos espacios y cómo nos proyectamos en ellos, pero la misión de Kane y compañía fue sentar las bases de un universo de horror cósmico y referencias lovecraftnianas.

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